Pues eso, que salimos de Portomarin temprano y atravesamos el río Miño para empezar a subir por una montaña que nos introducía en un bosque frondoso, pero que por los lados dejaba ver la salida del sol y paramos unos segundos para deleitarnos con esos colores y ese olor único de la salida del sol.
Resultó ser una etapa dura, muchas subidas y bajadas (casi peores) y mucho tiempo andando por el arcen de la carretera, sin árbol que nos cobijase y un sol cegador que no paraba de darnos en la cabeza. Ya no íbamos tan ligeros como el primer dia. Los kilómetros se empezaban a notar en nuestras piernas.
Como a mitad de etapa paramos en un barecito en medio del campo, que tenía una terraza con muy buenas vistas, donde nos tomamos un bocadillo y una Coca Cola. Estábamos disfrutando del manjar cuando oímos a un tropel de bueyes correr por el camino por el que habíamos venido, en desbandada. El pastor que los llevaba (eso es un decir) iba gritando detrás de ellos términos ininteligibles para que los bueyes pararan, pero no hacían ni caso y ya podíamos ver a algunos de ellos correr como despavoridos, en un camino en lo alto de la montaña. Una escena de lo más divertida, para nosotros, que somos ya más urbanitas que otra cosa. Aunque luego hablando llegamos a la conclusión de que si la escena llega a suceder 15 minutos antes nosotros habríamos estado en ese camino en el momento en el que pasasen los bueyes corriendo y seguro que no nos hubiese hecho tanta gracia...
Llegamos a Palas de Rei cansados y hubo un momento de incertidumbre porque a las afueras del pueblo estaba el albergue municipal (casi todos los peregrinos se quedaban en el) y nosotros continuamos por el camino recto (ya que no había ninguna indicación en contra). Pensábamos que nos habíamos perdido, pero no.
Allí estaba Hans (así lo bautizamos nosotros). Un señor alemán de unos 50 años que había dormido en la litera de al lado la noche anterior y que me había llamado la atención porque cuando nos levantamos ya no estaba y me pareció que fue muy silencioso y respetuoso en su salida. Eso siempre se agradece. Hans hacía el camino solo y nos lo fuimos encontrando en varios puntos del mismo.
Pero a lo que iba, Hans iba delante de nosotros y parecía que sabía adonde iba, así que decidimos seguirle y nos salió bien, ya que pocos kilómetros después entrábamos en Palas de Rei. Además nos alojamos en el mismo albergue que Hans (Meson de Benito), y al día siguiente se fue (como en la anterior ocasión) temprano y sin hacer ruido.

Después de comer paseamos un poco por el pueblo, pero estaba un poco apagadillo, así que decidimos ir a la misa de las 19:30. Yendo para allá nos encontramos con una exposición que ponía que era para peregrinos, pero resultó ser sobre Escrivá de Balaguer y un chico y un hombre muy educados nos dieron una charla de aquí te espero sobra la vida y obra del buen hombre. No sabíamos como huir, sin ser mal educados. Un trago!
La misa estuvo bien y después encontramos un sitio para cenar, estupendo. Tomamos caldo gallego y Pulpo, además de vino y postre por 9 €/persona. Era menú. La calidad y el precio de la comida gallega es excepcional y he disfrutado de cada una de las veces que nos sentamos a la mesa. Un placer!
Como el día anterior, unos masajitos en los pies y a dormir.
Durante la noche y aunque llevaba tapones y antifaz me desperté sobresaltada, porque oía ruidos como de golpes metálicos. Como si alguien llamara a la puerta. La gente empezó a hacer ruidos con la boca (de esos que utilizas cuando quieres que alguien deje de roncar), pero nada, el ruido seguía. Hasta que alguien se levantó y despertó al hombre que estaba dando golpes contra la barandilla metálica de la litera y le dijo: “jefe, jefe, que está haciendo usted mucho ruido” y cuando el hombre de los golpes atinó a saber donde estaba, le respondió: “ que pasa? Que no va a poder moverse uno en la cama?”... En fin, vivir, para ver!! Todo esto se lo tuve que contar a Mijota al día siguiente porque milagrosamente no se había enterado de nada.
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